¡Vale la pena y nos urge trabajar por la Educación que Necesitamos! Esta vez la foto del inicio de cada mes va acompañada de dos párrafos que me han seguido dando vueltas:
«Los niños que comiencen este año se jubilarán en 2070. Nadie tiene ni idea de cómo será el mundo dentro de diez años, y mucho menos en 2070. Hay dos impulsores principales del cambio: la tecnología y la demografía»(Robinson, 2013, p.35).
«Necesitamos una educación a lo largo de toda la vida para que nos dé libertad de elección. Pero aún la necesitamos más para salvaguardar las condiciones que hacen que esas opciones entre las que elegir estén disponibles para nosotros y se hallen al alcance de nuestra capacidad»(Bauman, 2010, p. 275).
Referencias y recomendaciones
Bauman, Z. (2010) Mundo consumo. Ética del individuo en la aldea global. Buenos Aires: Paidós.
Robinson, K. (2013). El elemento. Descubrir tu pasión lo cambia todo. Buenos Aires: Conecta.
Mucho se ha hablado en estos tiempos de las pruebas Pisa, de la calidad y equidad del aprendizaje en el sistema educativo uruguayo. Mucho ruido y algunas nueces. Cuando Pisa y otras modas dejen de ser noticia, la evaluación del aprendizaje seguirá siendo una pieza clave en el sistema educativo. En ese post resumo algunas ideas sobre la Evaluación de los Aprendizajes que voy decantando en mi acercamiento a la temática.
Así como un termómetro no baja la fiebre, proponer pruebas no necesariamente redunda en mejores aprendizajes. En contextos educativos es necesario fortalecer la función pedagógica de la evaluación. Es decir, que evaluar sirva para favorecer buenos aprendizajes. Para ello debemos revisar y explicitar nuestros objetivos, los momentos y las tareas que proponemos para la evaluación, los criterios para su valoración, las formas de retroalimentar los procesos de aprendizaje.
La evaluación es esencial al buen aprendizaje. Probablemente, coincidiremos con Pozo (2008) en que los buenos aprendizajes perduran en el tiempo, los podemos usar cuando el contexto lo justifica y los adquirimos a partir de una práctica óptima. La evaluación parece ir de la mano de ese buen aprendizaje (Huertas y Montero, 2001). Pensemos en algunos aprendizajes de la vida cotidiana en los que el feedback lo proporciona la propia tarea y/o el dispositivo en el que estamos aprendiendo. En los tiempos que corren, usar una cajero automático o poder hablar usando nuevos dispositivos, nos dan retroalimentación clara y muy concreta. Satisfacer nuestra necesidad es signo claro que hemos aprendido. En contextos académicos, esto es diferente, ya que la evaluación está mediada. Es el docente quien evalúa lo que no asegura el buen aprendizaje.
Resultados distintos de aprendizaje implican diferentes procesos y deberían ser evaluados de forma diversa. La diversidad en la evaluación no debería ser consecuencia solamente de atender a las diferencias del alumnado, sino de considerar radicalmente los procesos y resultados de aprendizaje (Pozo, 2008). No esperaríamos que alguien aprenda a andar en bicicleta por contarle la historia de ese medio de trasporte. Si queremos que alguien aprenda a andar en bicicleta le proporcionaremos los medios y las condiciones adecuadas. Seguramente veremos si es capaz de hacerlo, quizá le preguntemos si lo ha logrado o cómo se ha sentido. Difícilmente lo evaluemos preguntándole en una prueba escrita sus conocimientos el equilibrio, la inercia o cómo administra la fuerza sobre el pedal. A veces, en contextos académicos olvidamos estas premisas y la prueba escrita que apela a conocimientos declarativos se vuelve la forma monopólica de evaluación. ¿Para qué lo van a usar? ¿Qué quiero que hagan con lo que están aprendiendo? Son preguntas que pueden ayudarnos a distinguir los resultados de aprendizaje, los contextos que ayudan a adquirirlos y las mejores condiciones para su evaluación.
En definitiva, las tareas de evaluación son el contexto de uso que el docente puede controlar y proponer. Lo que se usa se conserva. La permanencia es una característica del deseado buen aprendizaje, y en gran medida esta dada por el uso de esos aprendizajes. Más que prometer usos futuros, el docente puede transformar las tareas de evaluación en el contexto en el que poner en juego los aprendizajes que se van proponiendo. A veces la evaluación queda disociada del proceso de adquisición y de los usos futuros de ese conocimiento, y no contribuye de ese modo a aprendizajes que perduran.
Dada la diversidad propia del aprendizaje, del alumnado y de los fines de la evaluación, será muy útil contar con un repertorio más amplio de herramientas de evaluación (observación, preguntas en clase, trabajo en clase y fuera de ella, portafolios, pruebas abiertas y objetivas).Es necesario que revisemos las prácticas de evaluación y las herramientas que utilizamos partiendo de los resultados de aprendizaje que queremos evaluar. Encuentro particularmente interesante el uso de rúbricas. Nos ayudan a volver sobre los objetivos de aprendizaje. Pueden orientar nuestra acción y las de los alumnos. También contribuyen a transparentar la calificación.
En tiempos donde valoramos el aprendizaje autónomo y que sigamos aprendiendo toda la vida, resulta fundamental contribuir al desarrollo de la autorregulación. Deberíamos potenciar el desarrollo de la autoevaluación en todos los niveles del sistema educativo. Rápidamente la evaluación del aprendizaje académico queda delegada en el docente y gran parte del control del proceso de aprendizaje. Definir, explicitar y comunicar criterios de evaluación puede ser un gran paso hacia la autoevaluación. Otro paso en esa dirección es dar la posibilidad al alumno de tomar decisiones sobre su propio proceso de aprendizaje.
Como a muchos de ustedes me tocará en unos días comenzar los cursos. ¡A aprender (y a evaluar) se ha dicho!
Agradezco al Lic. Juan Pablo Cibils por haber puesto el título antes que este post se escribiera, y a las docentes del Colegio Los Pilares con quienes hemos compartido la reflexión en estos días.
En este link encontrarán la edición de noviembre de 2013 de la revista de la Coordinadora de Psicólogos del Uruguay. Este número está dedicado a las TICs. En el mismo hemos escrito Juan Pablo Cibils y yo un breve artículo en el que se presentan algunas ideas sobre las posibilidades que abren estas tecnologías en ámbitos educativos. Pensamos que urge avanzar en reflexión, investigación y propuesta, ya que el futuro es ahora. Esperamos que puedan darle una mirada al artículo y expresar sus reacciones.
Estoy regresando de las XIII Jornadas Internacionales de Psicología Educacional. Es la sexta vez que participo. En esta oportunidad se desarrollaron en La Serena, bajo el lema: «Educación y complejidad: Nuevas demandas para la reflexión y la acción».
Uno de los desafíos es construir la Psicología Educacional latinoamericana, como viene planteando Jorge Catalán (2013), en base a la cultura de la colaboración. Una disciplina que busque responder auténticamente a los problemas de nuestras realidades educativas, que tienda puentes interdisciplinares y que, con humildad, llegue a ser herramientas de quienes hacen la educación (estudiantes de distintas edades, docentes, padres, psicopedagogos, psicólogos, directivos, políticos).
Imagino que muchos de ustedes son participes de este proceso y necesitamos que lo sean. Por eso me interesa compartir una sinopsis que recogí en estos días allí, con la expectativa que podamos hacer más intenso el trabajo y el intercambio. En este breve resumen me gustaría destacar algunas ideas que tomé de las actividades en las fui participando. No se trata de una reseña detallada, ni revisión exhaustiva del evento. Más bien de algunas pistas, ideas y personas que fueron quedando en mis registros.
La Conferencia Inaugural estuvo a cargo de Angel Gómez Crespo de la Universidad de Málaga. Expuso algunos desafíos de las instituciones educativas en los contextos en los que nos estamos desarrollando y de las dificultades de la escuela para dar buenas respuestas. Destaqué especialmente en mis apuntes, la «necesidad de reinventar la función docente» en contextos de incertidumbre y cambio permanente donde la información abunda y las desigualdades se profundizan. Uno de los pilares para la reconstrucción del rol debería ser la «pasión por saber, aprender y ayudar a aprender». Creo que está es una invitación interesante y que da sentido a la acción docente. De otro modo, ante los magros resultados educativos, Rodrigo Cornejo de la Universidad de Chile, proponía con mucha pasión que la psicología educacional también es responsable de la situación y debe dirigirse hacia una «psicología educacional encarnada», que dialogue más con los actores impicados, con otras disciplinas.
Asistí a un simposio que abordaba la temática del constructivismo y la educación. Estaba coordinado por Susana Frisancho, del Perú, quien planteó la necesidad de reivindicar a Piaget sabiendo la polémica que estos puede generar. Entendí mejor su planteo cuando expuso su trabajo actual con comunidades indígenas de la selva peruana. En muchos acercamientos a estas poblaciones han primado las diferencias, lo que resulta lógico a estas alturas, aunque quizá se pierde de vista lo que tenemos en común. La perspectiva de Piaget permitiría identificar esos procesos y estructuras universales y desde allí también basar acciones educativas. Habrá que seguirle la pista.
Asistí a un Simposio sobre autorregulación, su evaluación y enseñanza en contextos de universitarios. El mismo estuvo coordinado por la María Victoria Pérez y Alejandro Díaz, colegas que vienen trabajando en la temática en Universidad de Concepción. Estos trabajos constituyen un ejemplo muy interesante de investigación aplicada, como la requerimos en Psicología Educacional, pues responde a la necesidad planteada directamente por docentes de distintas carreras que desean mejorar los resultados en sus cursos. También queda claro que en todos los niveles del sistema educativo resulta necesario revisar y proponer mejores formas de enseñar a autorregular el aprendizaje.
Me tocó presentar mi trabajo sobre enseñanza de la autorregulación en resolución de problemas matemáticos junto con otros trabajos sobre motivación de colegas chilenos. Compartimos el esfuerzo por situar los constructos sobre motivación al servicio de la enseñanza y de lo que el docente puede hacer auténticamente en clase. Y parece que en esto queda aún mucho por hacer. Creo que en esa misma dirección avanzó David Bergin, de la Universidad de Missouri, en su conferencia sobre interes y motivación. En la misma destacó el valor de las experiencias transformativas, en las que usamos el conocimiento porque sí, enriquecemos nuestra comprensión de la realidad y valoramos experiencia estética. En todos los trabajos que pude reconocer, está claro que lejos estamos de plantear la motivación del estudiante para aprender como un puro reflejo o una cuestión mecánica que se alcanza dandole un click. Más bien existe un menú de estrategias motivacionales que cada docente deberá juzgar su pertinencia y utilidad, de acuerdo a sus concepciones de lo que quiere enseñar y cómo se aprende.
La conferencia de cierre estuvo a cargo de Pablo Castro de la Universidad de La Serena. Presentó el trabajo que ha venido realizando en el estudio de los libros con consejos sobre la crianza dirigidos a los padres. Una de las motivaciones que planteo es que «si queremos mejorar educación formal, conozcamos más lo no formal». Algunos de los ejemplos que presentó ilustraron muy bien el papel educativo de estos libros, a la vez que cuestionan la base sobre la que se apoyan y las características del conocimiento que la psicología genera.
Hubo espacio para la presentación de libros, que bienvenidos sean. En primer lugar, un nuevo libro sobre Psicología Educacional que han editado colegas de la Universidad Católica del Maule. Se titula «Aproximaciones en Psicología Educacional. Diversidades ante la contingencia actual» y puede constituir otro acercamiento interesante a lo que en la región se investiga y propone. El segundo libro se titula «Competencias del Psicólogo en Chile: Propuesta desde las universidades estatales» con María Teresa Juliá como editora. En el mismo se refleja el trabajo de una red de universidades chilenas que ha buscado definir el perfil del psicólogo para Chile y las prácticas que contribuyen a su formación.
Por último, un último ejemplo de que la colaboración sigue aumentando entre colegas y universidades de la región, está dado por el avance en la Red Internacional de Aprendizaje, Cognición y Desarrollo. Esta Red es coordinada por la PUC de Lima y vincula a colegas, programas y universidades de la región en las que la Psicología Educacional constituye uno de los centros de interés y desarrollo. En este corto tiempo, han aumentado las colaboraciones, el intercambio entre programas y ojalá vaya redundando en la calidad de investigación y formación que proponemos.
Sin duda, hubo mucho más. El escenario diverso en la Psicología Educacional Latinoamericana es necesario y bienvenido. Abarcarlo todo me resulta imposible, pero quizá algunos de los participantes puedan sumar sus comentarios. Las XIII Jornadas Internacionales de Psicología Educacional en La Serena han finalizado y también mi resumen. La invitación está hecha para encontrarnos el año próximo en Tucumán.
Universidad de La Serena, Chile
Referencias y Recomendaciones
Catalán, J. (2013) La Psicología Educacional en perspectiva. En Cornejo, C.; Morales, P.; Saavedra, E., & Salas, G. (Eds.) Aproximaciones en Psicología Educacional. Diversidades ante la contingencia actual. Talca: Universidad Católica del Maule.
Ya hace más de un año, cuando comenzaba a proponer este blog, pensaba que reflexionar sobre la Educación que necesitamos también era una forma de buscar una forma diferente de Psicología Educacional. Hace unos minutos encontraba unos apuntes bien interesantes al respecto en una conferencia que propuso Francisco Leal, psicólogo chileno de la Universidad de Tarapacá. Francisco analiza la crisis en la educación chilena y a partir de lo allí vivido reflexiona sobre la pertinencia y necesidad de revisar lo que la Psicología Educacional puede aportar. También recupera y subraya la dimensión ética y política del quehacer de los psicólogos que en la educación trabajan.
En Uruguay venimos debatiendo sobre la educación y, seguramente, lo seguiremos haciendo. Sería muy oportuno no dejar fuera del debate a la Psicología Educacional y el quehacer de los psicólogos que en educación trabajamos. ¿De qué forma podemos contribuir a la educación que necesitamos desde la disciplina, desde las acciones concretas y desde el rol profesional ?
A continuación, transcribo el tramo final de la conferencia que ha sido para mi de mucha claridad y una invitación a la reflexión comprometida sobre lo que hacemos:
Muy por encima y sin ser exhaustivos, hemos tratado de dimensionar algunas aristas de la crisis en educación. Pero, ¿qué hay de la psicología? ¿Tiene algo que decir al respecto? Claro que tiene que decir, y mucho. Examinar lo que podría decirse desde la psicología respecto de cada uno de los temas planteados sería una tarea titánica, y no intentaremos hacerlo aquí. Lo que podemos hacer con mayor provecho, es examinar, de manera gruesa, lo que sí ha dicho, o, complementariamente, lo que no ha dicho.
Para ello, señalemos que, como profesionales de la psicología, podemos aportar en distintos niveles. En el nivel técnico, por ejemplo, estableciendo si tal o cual instrumento de evaluación refleja mejor o peor la realidad del grupo con el que se realiza la acción pedagógica, o sugiriendo un programa de acción adecuado para la atención de un alumno con necesidades educativas especiales. O en el nivel disciplinar, por ejemplo, brindando explicaciones desde uno u otro marco teórico para tal o cual situación. O en el nivel estratégico, por ejemplo, colaborando en la construcción de un plan educativo institucional. O, finalmente, en el nivel ético, sea axiológica o deontológicamente.
Mirando desde esta perspectiva, podemos ver que la psicología, tanto a nivel mundial como a nivel local, ha situado sus aportes particularmente en los niveles técnico y disciplinar, y eventualmente, en el nivel estratégico. Y constatamos que, en esos niveles, ha sido francamente útil. Sin embargo, ¿Útil para qué? ¿Útil para quién? Esas preguntas sólo pueden ser respondidas en el nivel ético, nivel en el cual muy escasa y tímidamente la psicología ha incursionado, si es que lo ha hecho. Y en educación, no ha sido la excepción. No puedo dejar de recordar un artículo escrito por la Dra. María Teresa Juliá hace ya un par de décadas, en que examinaba el rol que la psicología educacional jugaba en ese entonces, y que tituló: “Una psicología cómplice”. Cómplice, porque era funcional a una política educativa rotuladora, segregadora, discriminadora, que facilitaba la adscripción individual de los fracasos institucionales, al encontrar siempre causas personales para resultados socialmente previsibles. Ha corrido historia, pero no parece que las cosas hayan cambiado mucho.
No obstante, hay que ser justos, y señalar que es poco realista hablar de “la psicología”, puesto que hay muchas formas de entender y hacer psicología, algunas de las cuales incursionan en niveles que permiten la crítica al sistema instalado. No obstante, la tendencia más fácilmente observable parece quedar bastante bien representada por lo descrito por la Dra. Juliá.
Por otra parte, lo que me parece más importante, hay que distinguir entre la disciplina, que es una abstracción, de los psicólogos, que son agentes activos. La historia no la escriben las abstracciones, sino los agentes, las personas concretas. Y como tales, los psicólogos, en la práctica de la psicología educacional en el país, no hemos sido muy diferentes de lo que cabría esperar siguiendo la “corriente principal” de la psicología, que claramente ha sido funcional a las ideologías hegemónicas.
Por esta razón, es necesario recordar que la práctica de la psicología, como la de cualquier profesión, es siempre, por acción u omisión, una práctica política. Esto no puede seguir siendo ignorado. Por ello, al preguntarnos en el contexto de las movilizaciones que se han desarrollado este año por el rol que puede jugar la psicología al respecto, no cabe sino decir que no depende de la psicología, sino de los psicólogos, en tanto agentes sociales. Como el caso de Ignacio Martín-Baró, quien, usando los recursos más tradicionales de la psicología fue capaz de contribuir de manera crucial a la transformación política y social de El Salvador. Por eso, creo que el rol de la psicología en este movimiento y en la transformación social, está, literalmente, en las manos de los psicólogos, en la forma en que cada uno de nosotros encare cotidianamente la práctica de esta profesión, en tanto que, inevitablemente, tiene consecuencias políticas.
Referencias
Leal, Francisco (2011) De la crisis en educación, la psicología y los psicólogos. Conferencia ofrecida en las Jornadas Interuniversitarias de Psicología. Iquique, Chile